Thursday, February 24, 2011

La Cristología Imposible | Monja Guerrillera

Los escritores de estos arrabales hispano parlantes –que cree­mos en Jesucristo y no tenemos ni fama ni nombre editorial porque no nos acuna la letra impresa en el papel pero que tam­bién escribimos acerca de la muerte de las teologías “irre­futables” y escribimos de la mortandad de iglesias contemporá­neas sin que nadie nos lo cuente desde el norte mandón- convenimos en subrayar que existe una propensión, una simpatía, un amor, una costumbre y un apego de los paleo­teólogos hacia las cristologías posibles de poca vida y de dramatizada perentoriedad.

Somos los cristianos interpretantes (en el sentido semiótico) y no los intérpretes, contrapuestos a los referentes que siem­pre se citan y se nombran como bases y pilares de lo que debe ser creído y declarado.

A pesar de este irreconocimiento de la labor, y a pesar de esta ayuda a permanecer en la oscuridad que los paleoteólogos nos hacen, hablamos todavía, escribimos aún, pensamos sin reti­rada. Continuamos señalando la paleocongregación mori­bunda, la de los últimos estertores, la de la cristología posible para mundos posibles.

Mientras los paleoministros se enamoran de cristologías chapu­ceramente operables, toscas y reducidas (para que se dejen creer) fregoteadas y dóciles (para que se dejen predicar en el siglo XXI) los hombres y mujeres que escribimos de la muerte de esa paleoiglesia cristiana –que no nacimos en el país correcto para ser referidos- parecemos consignados a amar (la mayoría de las veces en secreto) aquellas indagacio­nes escriturarias y cristológicas que nos serán por toda la vida lo suficientemente esquivas y nos ocuparán en búsquedas año­sas, las cuales a su vez nos propinarán una angustia cons­tante en un perpetuo recomienzo y en un amor poco familiar.

En consecuencia a estas teologías y cristologías imposibles es que los hombres y mujeres imposibles pensamos lo que pensa­mos, y escribimos lo que escribimos.

Algunos hemos iniciado desde niños el amor cristológico impo­sible, mucho antes de los romances con los libros arduos, mucho antes del mitin de combatientes e incluso mucho antes del maldito solo de violín que nos hizo en el tímpano el profe­sor de soteriología.

Sólo por amor al Cristo Imposible, con pasión encarnada y des­carnada, como quien le regala a la persona que ama un ob­sequio de alto precio -un perfume- lloraré a los pies de ese Je­sús Dios Imposible.

Hay cristianos imposibles que se adiestran en el coraje de escri­bir lo duro de leer, otros que se ejercitan en el oficio de hablar lo duro de oír; no pocos somos los que rozamos con el dedo la llaga de la moribunda paleoeclesiología. Pero todos somos resistidos por los Cristólogos Posibles que, siendo mejo­res y más sensatos cristianos, merecen ser mejor amados, más citados, más publicados, más adoptados y más elegidos por su mesura, por su cordialidad, por su roce con lo limpio, por su vida ejemplar en el american way.

Solamente hay un problema: Para la ética de este barrio de cristologías imposibles, que vivimos cabeza abajo en el mapa, los cristianos no son los paleocreyentes de servicio dominical, púlpito, hillsong y homilía de pizarra, sino los artistas descon­solados, los excluidos crucificados, los solitarios abatidos, los escritores incurables, los preguntones disconformes o los lo­cos refulgentes. El barrio del Cristo Imposible está habitado por los inmerecidos, por los indignos del mundo, por los que no son amables desde la cuna y tienen pajaritos en la cabeza.

Esta realidad de amor por el Cristo Imposible ha excitado la curiosidad de algunos paleofeligreses, ha convocado la aten­ción de algunos intelectuales y hasta ha despertado el fraudu­lento ejercicio de la piedad de muchos canallas.

Cada semana, los cristianos imposibles recibimos el consejo de coadjutores sabios pero cobardes, que nos espetan desde la acera del Cristo Posible:

- ¿Por qué amar al Cristo increíble, pudiendo amar al creíble?

-¿Por qué aferrarse a los mitos superados del siglo?

-¿Por qué no conformarse con el cristo de las américas posi­bles, de las europas posibles, de las asias posibles, con los posi­bles cristos de las posibles empresas multinacionales de la fe posible?

Son voces tentadoras que exponen las ventajas del amor a la cristología unívoca, razonable, correcta, viable, asequible a cualquier fariseo genial. Son voces tentadoras pero sin mucho qué hacer conmigo, porque –en mi caso particular- cuando amo, soy obtusamente imprudente y desorejada.

He sabido que los Peritos de Villa Posible y los Replicantes de las Cristologías Imposibles sostienen (sostienen, dije, vea el esfuerzo hercúleo) que el hallazgo de una cristología es una tarea enteramente científica y que se acude a sus resultados luego de sumar cinco más uno.

Para ilustrar al respecto, vale la pena citar el libro sistemático pero negadamente sistemático y pro liberador: "Una Teología repensada desde las ecuaciones materiales y matemáticas lati­noamericanas para un Cristo de hoy” (1), del eminente profe­sor aborigen Washington Nahuel Pichimahuida Stantford. Esta obra del Cristo Posible expone una tesis mientras niega que expone una tesis, la cual promueve a través de su trama (mientras se queja de las tramas) que la única cristología vá­lida es la creíble, a saber: la que se puede profesar sin ningún esfuerzo y sin necesidad de la intervención de ninguna fe. La que está al alcance de cualquier múltiplo de dos. Basta con ob­tener un cristo obrero espejo de los seres difusos, para que sea un cristo favorito y meritorio de ser manifestado.

De la misma manera, el erudito propone finalmente que el “cristo repensado y releído” –según sus léxicos setentistas- es el nuevo cristo posible, el modificado para la digestión del es­tómago pedestre que sabe sumar siete más tres.

Nótese que no es ésta una cristología posible angloamericana –que suelen ser culpadas por los ideólogos latinoamericanis­tas- sino una cristología posible bien autóctona, sin refrito mi­sionero ni usurpación opresora.

Análogas corduras –tocando el tema de las mujeres factibles para el Cristo Probable- sufraga la doctora Clara Clean de Bri­lliant (2) en su magnífico y profundo libro de 37 páginas: "Matrimonio Estólido para la Gloria del Dios Posible".

Podría nombrar más ejemplos de Teólogos Posibles enamora­dos de un Cristo Posible. Si usted frecuenta alguna Expo-Lit, se topará de narices con ellos y con sus obras posibles, lo cual me ahorrará a mí el trabajo notarial de inventario.

Concluyo observando a esos hombres y mujeres de negocios eclesiásticos (los insignes comerciantes de la esperanza) y a esos industriales del espíritu (de la zona roja de erudiciones latinas) cómo deducen que el Cristo Imposible es un sujeto funesto, no sólo para el que lo ama, sino también para el desa­rrollo de las diligencias productivas del Reino Posible, de las actividades bancarias y de las utilitarias teologías del conjunto de iglesias y de corporaciones que los solventan.

Observo a estos mercantiles posibles en coro quejica contra los cristianos imposibles del Cristo Imposible asegurando que somos pésimos empleados de los pastores, que somos descon­fiables amigos de los teólogos vulgares, que somos los peligros sin baliza en el camino de santidad. Y que, como tales, personi­ficamos esa mala entraña más atenta al recuerdo y a la petición renovada de la absurda misericordia que a la solícita, servil, urbana y civil producción de una fe decente.

Mientras se acerca el réquiem para los Paleoteólogos del Cristo Posible y mientras luchan por “la perseverancia de los santos” conformándose con la ausencia de la verdad a cambio de que lo creíble y lo posible le acunen la noche y la desespe­ranza, los enamorados del Cristo Imposible no tenemos el mí­nimo propósito de esquivar sus prejuicios.

No nos aplaca ninguna crisis, no somos destruidos por medio de homiléticas youtube, no nos acobarda ninguna soledad, no nos sosiega el látigo de las tradiciones calvinistas, no nos turba el mundo a la deriva, y no nos interesa mitigar la propia Escrituralgia que llevamos encima.

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(1) Juego de parodia: Libro y autor ficticio que representa una realidad temática en las bi­bliotecas "alternativas" de los seminarios actuales.

(2) Idem.

Tuesday, March 02, 2010

Vida y Muerte.

Había una vez, en el espacio seco que traduce el tiempo y lo convierte en un movimiento suave, adultero, como el viento que roza los cuerpos, pero lejos de caricias transmite algo mas fuerte; un camino cubierto de tierra, fango y rosas sin espinas ni pétalos color rojo. Un pedazo de tierra del que de vez en cuando rebosaba leche y miel.
Aquel pedazo de tierra, en cuyas venas circulaban los mas grandiosos y antiguos secretos que trascendían el tiempo y espacio, era gobernado por dos grandes principados, hermanos gemelos pero de semilla distinta.

Y así ocurrió, que mientras eran aun niños compartieron su simiente, su legado y fortuna, poseyendo cada una de las criaturas que habitaban en aquel pedazo de tierra, manejando a su antojo cada estatuilla tiesa que se cruzara en su camino.

Actuaban como terratenientes, pero eran herederos tan sólo del aire. En realidad toda aquello que se divisaba hasta más allá del horizonte le pertenecía a una legión de dioses, que sin embargo fueron muriendo poco a poco uno a manos del otro. Bastaba con ganar un juego de palabras y quebrar unas cuantas estatuillas para lograr la destrucción de algún todopoderoso, pero aquel secreto lo sabían únicamente las deidades. Así, cada vez que moría un dios todo el sistema lógico, político y social cambiaba, dando giros varios en el tiempo y espacio, transformando incluso las tareas habituales de nuestros dos protagonistas, a tal grado, que en su pecho se iba pintando una figura, luego de amputársele un pedazo de lo que llevaban en el brazo.

Sucedió entonces, con el paso mutilado de billones de años cambiantes, que ya ambos terratenientes estaban habituados a sus labores, siendo que únicamente quedaban dos deidades, las más listas de la legión entera. Escondidos entre ramas, aquellos dos, temerosos de su destino, esperaban a cada momento que ambos dioses se cruzaran en el camino adecuado y empezaran alguna plática. Habían dejado incluso las súbitas posesiones varias en los cuerpos de arcilla que de vez en cuando se topaban, porque después de todo, se habían aburrido con aquel rol que desde hace tiempos ya no cambiaba.

Una tarde de diciembre al fin llegó aquel día con ese momento resbalándose de entre las cavidades rocosas de aquel terreno, y entre la leche y miel se escurrieron las dos deidades, dispuestas a sacrificarse en un duelo.

- Arjit bur na bar la mit, est la far der mista bint, ich le rua ban nef tistu ofkbarta optrikmane kirtubma na bar, mi test der mista bint, arjit le rua… – incitó con elocuencia uno de ellos.

- Est le bin le rua sin, okbart kin ta run, le bin tistakbur, kir itsbarkon thusr bruppta kfir tkopta terks burnt nor, le bin tsafar – respondió con franqueza el otro.

- Itch! Le bin tis far nur le ostir lakshjatbor kistbur lers bunrts konf this far, le bin arjit rua ban kfijkart furtsk itch fyvon ofst ghiwer lopsbve porter le raun irsta knopfken … Ister ken bur le von tisfan bin rua vkon tsafar? – insistió el primero

- Argtz mirf tin des le bin tirfs? - contestó el otro

Y así continuaron su diálogo hasta pasadas horas de aquella tarde.
De repente, cuando ya no había esperanza de algún duelo, ambos dioses se volvieron invisibles, señal inexcusable de que había empezado su batalla. Lo único que se podía escuchar era su discusión, pero a manera de susurro, sin poder nunca distinguir quién era el que estaba hablando.

Habiendo llegado la noche, reapareció uno de ellos. Se dispuso a quebrar la única estatuilla que quedaba y se dirigió hacia donde estaban ellos. Ya los cambios eran notorios en el aire, y las estatuillas de arcilla habían mutado su semblante. Aquel dios dictó tan sólo una orden, que permanece inmortal hasta nuestros días, y traducida en el lenguaje de las estatuillas significa: "Muerte, desde hoy serás llamada Vida; Vida: desde hoy serás llamada Muerte"

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Paola Cascante
05-09-2009
Tema: Muerte

Sunday, September 13, 2009

Búsqueda eterna.


Le tengo pavor a la noche, miedo a su innegable presencia. Tengo mi pecho lacerado con las huellas invisibles de quienes me han poseído, incansables almas que corren presurosas entre un mar de placer, hasta sucumbir y ahogarse entre mis piernas. He intentado rellenar con cada caricia falsa el hueco hondo en mi pecho, cada beso tieso que me rasca la cara y lastima mi lengua, cada pene flácido que se afila con un sutil pensamiento, y me hace caer sencilla, hueca, obstinada y cansada de cada empujonzazo seco.

Cada noche la misma historia, la misma terquedad, las mismas manías, y la necesidad de sentirme amada. Buscando entre la sombra, la luz y las tinieblas, entre ramas, bosques, cafetales y acequias, entre mano y mano, callo y callo, boca y boca; entre historia e historia. ¿Cómo era posible que con tanta vida alrededor no pudiese yo encender la mía, librarme de aquella maldición, de aquel ladrón que me arrebataba lo que al fin parecía pertenecerme?

Cada paso, un camino más que lleva hacia el abismo. Ahí estaba él, mi nuevo destello de luz, nuevo suspiro finito, posible héroe secreto. Llegó sin saludar a nadie, me besó con efusivo entusiasmo. Sí pensé que sería él mi libertador, sí quien cambiaría mi destino. Su mano sobre la mía, su mirada fija en mi boca. Y para variar yo con el miedo justificado carcomiéndome hasta los huesos, el temor a que se perdiera en mis ojos, ver el monstruo que llevo dentro, el que parece querer escaparse de mis córneas, junto a un pecho que ya no palpita y hace tiempo dejó de ser pleno.

Tomamos algunos tragos, sí un poco borrachos. Alcohol, bendito suero infalible, éxtasis de dioses y humanos, capaz de torcer la razón, inclinarla sobre caminos extraños. De repente, aún en la barra, noto una mueca extraña; su rostro, directo sobre mi cara, empieza a rebuscar lo que todos intentan, y fallan. Empiezo a sentir pánico, porque sé que lo ha descubierto. Ahora él me detesta, ahora le tengo miedo. Se habrá dado cuenta de algo, eso que yo ni idea tengo, eso que parece siempre amputar el sentimiento interno, eso que siempre impregna al amante, amigo sincero, y ahuyenta. Ya todo está perdido, ya nada querrá conmigo.

Separa su cara de la mía, vuelve a ver hacia el piso. Me toma del brazo, predigo el resto del camino.
Me llevó entonces a un cafetal, mucho más largo que el resto de los otros esbirros. Me sentó sobre el lomo de su caballo, subiendo mi enagua casi hasta las caderas, dejando mis dos muslos descubiertos, tocando directo mi piel con su pelaje robusto, áspero y un poco seco. Montó él sobre la silla, y empezamos a cabalgar despacio. Su mano derecha soltó la rienda del animal, y la puso sobre mi pierna. Áspera, seca, conductora de lujuria, de pasión rancia, de oportunismo necio. Poco a poco empieza a subir hacia mis muslos, y yo empiezo a reír, reír de nervios, de espanto, de decepción, de desencanto. Yo sabía, el hombre borracho, sube más su mano, vuelve a ver hacia atrás sin mesura ni recato. Ágil maniobra, cara enferma, muestra sus dientes, sus ojos lascivamente enfocados. Roza mi pecho, lo presiona sin tacto. Vuelve a ver al frente, bajando su mano. Maniobra un poco con el animal, que empieza a mostrarse inquieto, molesto, estupefacto.
Justo entonces cuando se da la vuelta, jugueteando con su lengua, y metiendo su dedo en mis entrañas, caigo en un éxtasis de dolor, pena infinita, y condena. Me convierto entonces en un animal, relincho fuerte, sedienta, queriendo ser redimida, arrancando de un mordisco su cara, correspondiendo con brutal ceguera el arrebato, y de nuevo soy plena.

A la mañana siguiente el pueblo susurra mi nombre, pero nada saben de mí, inventan historias y se llenan, de justificaciones vacuas, banales y enfermas, allanando sin querer mi camino, para seguir en mi búsqueda eterna.

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Paola Cascante
05-09-2009
Tema: Leyendas y Mitos

Hoy quería verte…


“Hoy quería verte. Enterrarte a vos un puñal por el sueño extinto de un pedazo de vida ahora inerte, y respirar cordura en vez de esta codicia que hoy me quema hasta los huesos, y hace rechinar mis dientes”, terminada la frase levantó con rapidez sus manos, pero en una ágil maniobra el hombre se apresuró a tomarla de los brazos, sujetarla con fuerza, e intentó evitar otra muerte.

Estaba sola. Su tez asemejaba a la de una diosa griega, con las piernas entrecruzadas y la espalda recta, pero curiosamente prefería posar de pie frente a un espejo justo al lado izquierdo de la puerta. Cuando estaba de pie, sus pequeños talones cabían con extraña precisión en cada azulejo, forzados a formar una uve en dirección a la esquina más oscura del salón, y sus manos se balanceaban con sutileza en un vaivén mecánico que le hacía evocar ciertos recuerdos que sin embargo en aquel momento no eran apropiados, mucho menos bien recibidos. Además del gigantesco reflector que sin embargo no era capaz de encarar a ojos abiertos, un pequeño televisor que no hacía ruido alguno se posaba en la esquina derecha superior del cuarto, y un reloj gigante clavado sobre la puerta parecía clavarle cuchillos al aire en cada tic-tac que emitía.

Tenía la mirada perdida. Su respiración fuerte y entrecortada parecía funcionarle como placebo, como un invento maquinado por el destino para hacerla sucumbir en un sueño que parecía mudo, provocando que cada una de las imágenes recordadas se hicieran cada vez más vivas, aunque su razonar más hiriente. En medio de la habitación se encontraba una cama grande pero un tanto incómoda, de colchón ortopédico, ya un poco amarillenta. De no ser por la dureza de los resortes y la tela que la cubría, bien pudo haber funcionado como caja de arena, tomando la forma de quien se posase sobre ella.

Apretaba con fuerza sus dientes. No podía entender el sentimiento que al parecer ahora le abordaba con más fuerza que antes, porque tenía el pecho vacío. Vacío, sí, drenado, literalmente sin un pedazo de vida por dentro, su vida y la vida de otro pedazo de carne, como ella pero más ingenuo y más pequeño. ¿Pero cómo saberlo? De niña, cuando aún se tiene la boca grande y la razón pequeña, se había atrevido a decir aquel discurso adornado justo con aquella palabra que con los años redescubrió maldita, la misma que hoy la ataba y quebrantaba su espíritu, como cuando se latiga con una diminuta rama de café un pedazo de estiércol que parece seco, y se despedaza poco a poco con cada golpe, escurriendo un líquido amarillento, legándole al aire un distintivo olor a mierda que ni aún vomitándolo se puede olvidar con facilidad.

Tenía la boca abierta. Sí, abierta, con el ceño fruncido y apretando los dientes con fuerza. Recordaba aquellas palabras, aquella verborrea inquisitiva que hoy le parecía blasfema, aterradora, obscena. El idealismo de creer entender las causas por las que una persona tenía que valorar la vida, como obligación moral, sin importar las circunstancias. Recordó la molesta intervención de una de sus compañeras, abogando conciencia, sobriedad, sentido común, humanidad con certeza. Decía la muy ilusa que si por violación, que si se forzaba, que si por piedad, que si por respeto a la integridad, que no por torta ni autocomplacencia. Pero de pronto y como un golpe repetitivo, el recuerdo que le seguía a aquella imagen parecía taladrarle la cabeza, y un movimiento involuntario le azotó los músculos próximos a los de su oreja, bajando por su cuello, llegándole a los brazos y las piernas.

Tenía las manos manchadas. Presiona con fuerza un pedazo de vidrio estancado entre la palma y los dedos de su mano, pero el dolor parece no fluir por sus canales nerviosos. De repente un doctor entra con semblante tranquilo, brusco, sin previo aviso, pero queda estupefacto viendo la escena. El cuerpo de la mujer se posa sobre la cama, con la cabeza erguida y su mirada ahora sí fija en el espejo. Desnuda se balancea de un lado a otro como un péndulo, siguiendo el tic-tac del gran reloj que ahora la ha hecho su presa. Hay sangre regada en el colchón, en el piso, sobre el televisor y en la perilla de la puerta, y de su boca sale un susurro que no produce eco ni resuena: “… hoy quería verte. Enterrarte a vos un puñal por el sueño extinto de un pedazo de vida ahora inerte, y respirar cordura en vez de esta codicia que hoy me quema hasta los huesos, y hace rechinar mis dientes”

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Paola Cascante
23-07-2009
Tema: Ironías

Prisión blanca.


Una de la mañana. Su mirada fija en una botella de vidrio que parecía sudar pequeñas gotas de cordura, que incluso cuando las tocaba, le hacía sentir un frío que como por arte de magia se evaporaba entre las yemas de sus dedos, y una ráfaga caliente terminaba por acariciarle la espalda. Sentía hormigas caminándole sobre la palma de sus manos, el pulso acelerado, pero ya no tenía ganas de hablar.
De repente un impulso interno, de nuevo esa ansiedad impura que le sacudía el pecho y le hacía rebotar diversas maniobras en su mente. El sentimiento de inmunidad y autosuficiencia eran lentamente usurpados por ésta nueva muestra de angustia, pero algo por dentro le decía que aún no era tiempo, que esperara, que no fuera tan obvio, que se tranquilizara.
Presiona con fuerza sus dedos entre cerrados, intentando incrustar sus uñas sobre la palma de su mano, pero no lo siente. Tampoco siente que en realidad ha estado hablando demasiado, ni que el movimiento de sus piernas es ahora excesivo e irritante.
Vuelve a ver a su compañera, que se encuentra en la barra hablando con un hombre apuesto, extraño. Baja su mirada al piso, se da cuenta que no le importa.
Urga presurosamente en su pantalón, en cada una de las bolsas. Saca sus llaves, monedas, confites, basuras. Busca en su billetera pero no encuentra más que otra razón para volverse histérico. Su mente gira, y piensa, y supone, y desespera.
Se acerca enojado a ella, tirando de su brazo, apretando con fuerza. Le reclama, le insinúa celos que en realidad no existen porque ya hace mucho tiempo se extinguió la llama que los precede, forcejea, lucha, al final logra que se la devuelva y la guarda con sumo cuidado en su bolsa derecha. Se detiene, nervioso, agitado. Pasa su mano por el labio superior de su boca, rozando con sutileza su nariz, terminando por pasar la lengua sobre sus encías sin la capacidad de sentir absolutamente nada.
Regresa a la mesa y toma un pequeño sorbo de cerveza, revisa con paranoia su alrededor, mira a cada persona que se encuentra cerca de la barra, cerca de la puerta principal, cerca del baño, del espejo, de la cocina. Reúne fuerzas interiores, le pide a la mujer que cuide su cerveza y se dirige al último baño que tiene puerta. Presuroso lo cierra. Baja la cadena, cierra la tapa, revisa su bolsa izquierda. Empieza a temblar, revisa ahora la derecha. La encuentra. Observa con sus ojos ya vidriosos al autor de sus desgracias, el verdugo de sus sueños, su ansiedad constante, quién controla cada uno de sus días y le carcome el pensamiento. Un par de golpes, saca sus llaves y aspira profundamente, no una, dos, ni tres veces, sino cuatro, hasta cinco si es posible. Ya no hay nada en la bolsa, tembloroso la chupa, se la mete a la boca, la saborea, intenta tragársela pero no puede. La tira en el piso, se chupa los dedos y se los pasa por los orificios de su nariz, una y otra vez, como si fuera un gato obsesionado con la limpieza, acicalándose, saboreando su desventura.
Cierra los ojos, disfruta el golpe en su cabeza, pero sus manos tiemblan demasiado, y su corazón ahora quiere escapársele del pecho. Se apresura por quitar la tranca y sale de aquel encierro. Ahora ya siente diferente, ahora una gota amarga se escapa de su nariz, sin él darse cuenta. Ya casi no queda gente en el bar, su compañera no está, y se han llevado la cerveza de su mesa.
Pero nada de eso importa. Ahora lo que realmente interesa es dónde conseguir más, más de eso que amputa su humanidad, eleva su alma a otra realidad y suprime sus sentimientos, para inundarse y simular ser superior, y convertirse en un ente sin libertades ni deseos: un dios de nariz blanca y sueños muertos.

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Paola Cascante
24-06-2009
Tema: Prisioneros